En los capítulos más sombríos de la historia, cuando la ciencia se debatía entre la superstición y el anhelo del conocimiento, surgieron figuras envueltas en un halo de oscuridad. En medio de la niebla de noches silenciosas, los cementerios se convertían en reinos de tenebrosidad y susurros para ser visitados por figuras que, a la luz de un candil, no dudaban en desenterrar cuerpos que aún conservaban el frío reciente de la muerte.
No lo hacían por rituales sagrados, ni por devoción a los difuntos, sino por una alianza entre necesidad, curiosidad y ambición, alimentando con su macabro oficio a médicos y anatomistas que veían en aquellos cuerpos la promesa de un saber prohibido. Las palas se hundían en la tierra húmeda como si despertaran antiguos secretos, y cada ataúd abierto se convertía en umbral entre dos mundos: el de los vivos que reclamaban respuestas, y el de los muertos que, en su silencio irrevocable, parecían resistirse a ser revelados. Las ciudades dormían mientras esta actividad prohibida prosperaba en las sombras, tejiendo una red clandestina donde la muerte se volvía en una codiciada mercancía.
El oficio de resurreccionista albergaba una inquietante ambigüedad, se trataba acaso del deseo de dominar el misterio último de la existencia, o acaso se trataba de una desesperante actividad por parte de quienes, marginados por la sociedad, encontraban en la muerte su único sustento para vivir. De esta manera, entre lápidas inclinadas y raíces que abrazaban los ataúdes, se forjaba una historia funesta y fascinante, donde la frontera entre lo sagrado y lo profano se disolvía bajo la luz espectral de la luna. Esta extraña labor generó que durante el período comprendido entre 1506 y 1752, miles de cuerpos fueran profanados.
Debido al temor que los familiares de los fallecidos empezaron a sentir ante tal práctica se adoptaron medidas que incluyeron el aumento de la seguridad en los camposantos gracias a la vigilancia de guardias nocturnas que custodiaban las tumbas, las familias acaudaladas optaron por colocar a sus muertos en féretros seguros, además de usar rejas funerarias o vallas metálicas y pesadas losas de piedra que obstaculizaban el robo de cadáveres. Los nombres de los escoceses William Burke y William Hare seguro pasaran a la historia como dos de los resurreccionistas más importantes del mundo entero.
Incluso existen datos históricos que señalan que el mismo Leonardo da Vinci, podría haber trabajado con cadáveres de los cuales se desconocía su procedencia. Con la finalidad de frenar esta clandestina actividad, en 1828 se creó la Comisión Especial de Anatomía que sugirió la disección de los cadáveres de personas indigentes. Tres años más tarde, el Parlamento debatió un proyecto de ley que puso fin a esta actividad al permitir que los anatomistas accediera a los cadáveres de las instituciones denominadas como workhouses. Pese a ello, aún hoy en sectores rurales de distintas partes del mundo existen casos de aparentes resurreccionistas que motivados por diversos intereses se atreven a perturbar el sueño eterno de los muertos, demostrando que este fenómeno aún está lejos de desaparecer.